La llama bajo los escombros

Julio Monteverde sabe que la belleza no se deja provocar, que no responde a las intimidaciones de las técnicas retóricas. La belleza requiere, más bien, ser convocada. Esto le da a su poesía el aire incantatorio y leve de una espera, de un nombrar que no se cierra sobre la presencia de lo nombrado, sino que lo expone al movimiento de una remisión: que lo desvela como símbolo.

Símbolo es lo que está ahí, en el lugar de alguna cosa ausente. Poesía es la inscripción oblicua, por aproximaciones, de lo que no se presta a ser inscrito. En La llama bajo los escombros se entiende el acto poético como una operación por la que la palabra libera lo inemplazable en la experiencia (lo utópico de la experiencia), no buscando el apaciguamiento de la visión definitiva, sino haciendo aflorar un resto desatendido, indócil: la huella viva de todo aquello que en nosotros es todavía capaz de arder.